A mi limonero centenario

Hoy comienzo a escribir este blog. Estaba deseando empezar a contar, poquito a poco, y según me dicte el corazón, el alma de este Patio, ese no se qué o qué se yo, que le hace tan especial, tan único y tan incomparable. Ese “es que me encuentro como en mi casa” que todos los que lo visitan sienten… Este Patio Cordobés, tan vivo, donde se puede compartir un rato entre amigos, e incluso entre desconocidos que terminan siendo amigos. Donde se pueden saborear manjares dignos de un gran restaurante, pero con la sencillez que un Patio requiere.Donde algo tan nuestro, como es el flamenquín, ha tomado protagonismo propio entre nuestras viandas, evolucionando e innovando desde la receta tradicional hasta donde el mismo quiera llegar, sin marcarnos fronteras… dejándolo fluir por donde quiera.

En esta primera entrada del blog, no quiero ni puedo olvidar unos de los artículos que escribí hace ya unos años, que pensé que ya no se iba a publicar porque ya había pasado el concurso de Patios y un 27 de Mayo, en plena Feria de Córdoba, encuentro entre las hojas del Diario Córdoba, tras una llamada de mi madre, toda emocionada, porque hablaba de ella y de mis recuerdos de la infancia. Un artículo publicado pocos días después de que este Patio ganara, por méritos propios, que no míos, un tercer premio en la categoría de arquitectura moderna o renovada, dedicado a mi limonero centenario. ¿Que mejor manera de comenzar este blog!

Hoy, por fin, comienzo, de nuevo, a escribir.

A mi limonero centenario

MARIA Fernández

27/05/2011

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En el centro del patio, de ese patio equilibrado y armónico, sobrio y sosegado, se alza majestuoso mi limonero centenario. Fue lo que me enamoró de la casa, lo que me hizo tomar la decisión de que quería vivir aquí, de que quería sentarme a la sombra de sus ramas, en la primavera, y emborracharme con el azahar de marzo.

En el zaguán, subiendo por los tres escalones de entrada, lebrillos de barro. A la derecha, de cerámica añil, grandes, impresionantes, con reminiscencias árabes en su decoración. Al otro lado, lebrillos pequeñitos, antiguos, de andar por casa, los mismos que mi madre usaba cuando llegaba la época de la matanza.

Tras la reja, una petunia pequeña, encima de la madera donde se ponía la jaula del pájaro perdiz. Frente a ella, el rincón de la costura, con dos sillitas de anea, una mecedora y una mesita pequeña. Y sobre ella, un bastidor de bordar. Mi bastidor, el mismo sobre el que di la última puntada y así quedó en el fondo del armario de los tebeos. Y el canastillo de los hilos, con el metro, la bobinas, las tijeras y el acerico para los alfileres. Encima, dos fotos de época, testigos mudos del paso de los años por los mismos muebles, por los mismos hilos, y por los mismas puntadas. También, una cesta, con la última mantelería que empezó a bordar mi madre y que nunca terminó, quién sabe por qué, amarilleada por el paso del tiempo.

Les acompaña el pozo, medianero y ciego. Y encima, la Virgen de la Salud, en un azulejo añil, como toda la cerámica, y con una mariposa de aceite siempre encendida para acompañarla y darle calor. Y también, un sillón y una silla de cuero, del comedor de mi abuela, con un fino labrado apenas perceptible. Las hortensias y surfinias, blancas.

En el patio, geranios y gitanillas, calas y gardenias, rosas y zarcillos de la reina. Todas blancas. Y todas en tiestos añil. Y en espaldera, jazmín, dama de noche y diamela. En un pequeño rincón, junto a la cocina, las plantas aromáticas, perejil, hierbabuena, albahaca, menta. Pero quien lo ampara todo, quien lo llena todo, es el limonero, con sus limones amarillos y pequeñas flores de azahar blancas. Que como es lunero, se llena de azahar cuando la luna lo manda. Mas de cien años cuidando y dando sombra a los moradores de la casa. Embriagándolos con su perfume, enamorándolos con sus tallos, como me enamoró a mi la primera vez que le vi.

Y bajo sus ramas, la alegría de la casa, blanca, tupida, cuajada de flores, en homenaje a mi limonero centenario.

Pero todo el conjunto es puro simbolismo, como lo fue la pintura de Romero de Torres. En las paredes del patio, azulejos con los nombres de los cordobeses ilustres. Toreros, filósofos, escritores, modistos, escultores, músicos… Todos varones.

Y en el callejón de entrada, el rostro de la princesa Wallada, la última princesa omeya, acompañado de sus versos mas famosos: “Nací por Dios para la Gloria…”, rodeada de caras anónimas de mujer. Mujeres con rostro pero sin nombre. Una manera de dejar constancia de su paso por la Historia. Porque existir, existieron, aunque no sepamos sus nombres. Los colores, blanco y azul, los colores de la Capitalidad Europea de la Cultura, nuestra modesta manera de apoyar esta iniciativa y de pedir que Córdoba lidere el mundo cultural europeo en el 2016. Y la pequeña estrellita amarilla del logotipo, los limones de mi limonero centenario.

Pero todavía queda un símbolo más, un símbolo que sólo las almas sensibles han apreciado y valorado. Desde la puerta de madera de la entrada, un continuo contraste entre lo viejo y lo nuevo, entre el permanecer y el avanzar, entre la tradición y la modernidad. Recogiendo con una mano lo antiguo, aquellas cosas que nos llenan el alma de recuerdos, y por otra, alargando la mano hacia todo los que nos queda por vivir y sentir, por ese mañana que se esconde entre las ramas del limonero. Un guiño al pasado y una sonrisa al futuro. Gracias a todos los que así lo han comprendido, por ser capaces de compartir, aunque solo sea por unos días, lo que hemos querido transmitir con este patio. Y gracias al limonero, a ese limonero centenario que, pese a sus travesías por el desierto, sigue ahí, de pie, y cuando muera, morirá de pie, como mueren los árboles.

* 3º Premio Concurso de Patios 2011, arquitectura moderna o renovada

One thought on “A mi limonero centenario

  1. Alfredo
    6 junio, 2016
    Responder

    Enhorabuena por la iniciativa. Ya estoy deseando tu siguiente post

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